Ayer, noche de fútbol, de pasión y sentimiento, noche del Barça - Madrid más desigual de los tiempos. Con el Barcelona más pletórico que nunca y el peor Real Madrid de los últimos tiempos. Ya terminado el match y con toda la adrenalina culé descargada y la rabia merenga contenida algo tenía que suceder:
La noche estaba más que entrada, igual que el alcohol en las venas de la clientela del bar. Un bar culé con su sed de venganza ahogada en jarras de cerveza y enormes vasos de ron-cola. Cuanta ignorancia junta. Que amargo sabor tiene la cerveza en la noche que uno es objetivo de todo comentario en forma de hacha. El caso es que tras tirarme un hacha de estas yo, supongo que en un instante de pérdida del juicio, osé tirar un papel al innombrable Gerard Buch. Hay gente que no cree en el destino, pues bueno este condujo el rebote del papel, previo choque con la nariz del hombrecillo, dentro de su jarra. Mala suerte la mía sería si no hubiera sido esto producto del destino. Tras recuperar el juicio me asusté, podía esperar lo peor.
No vino lo peor, vino un proyectil goteando cerveza y ceniza, combinación dura para Ariel. No podía acabar aquí la cosa, busqué y lo primero que encontré lo tiré de nuevo contra el hombre al que más miedo le tengo. El móvil colisionó contra él, sí, sí era el móvil lo que tenía más a mano, y el destino de nuevo y( no la buena suerte) propició que este no se desintegrara al chocar contra el muro que forman sus músculos. Milagro. Bien sí se desintegró cuando cogió mi móvil del suelo me miró, me aparté pensando que me lo devolvería de una manera poco formal, pero cuando abrí los ojos estaba haciendo un remate de talón de los que no se había visto ni el partido.
Yo acababa de ver a mi amigo haciendo un pulso él con un mano y otras dos personas con las dos manos cada una y el hombre perdió pero como el Madrid, aguantó hasta que lo inevitable por lógica tenía que suceder. De esto hacía solo dos minutos pero no me detuvo a escupirle a la cara el trago de fría cerveza que me estaba tomando. Acababa de sentenciar mi vida. No pasó más que una diapositiva y era de su puño. Un silencio estremecedor en el bar. Hasta Freddy Mercury se calló en la televisión al ver el tipo de público para el que cantaba. Una carcajada de Edu. Una carcajada diabólica de Sven. Olor a la caca que me había hecho encima. Pero no llegaba mi muerte. Gerard se secaba las gafas con una mirada que saltaban las chispas. Después se secaba la camisa que estrenaba ese mismo día. Más chispas pero la muerte no venía. Sabía que tenía la espada de Damocles colgando sobre mi cabeza pero nada.
No sé si dar gracias a Dios (es decir a él mismo), al alcohol (si es así estoy salvado porque sé que no se acordará de nada), a que ha madurado después de su aniversario, al Barça, al cansancio de no dormir en el último mes o simplemente agradecerle que sea mi mejor amigo y pedirle disculpas.
Supongo que fue el Barça. Yo ya había sufrido suficiente.





















